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De Gardel








ama de Carlos Gardel
toda de hombre y guitarra,
melancolía de estaños
y perfumada de paicas.

Fama de adiós, fama sola,
 cantata de rompe y raja
y milagroso coraje
carpeteando en la garganta.

Estaba en la mirada de la vida
y en el ropaje de las populares,
en el floreo varón de los porteños
y en el combate de los desolados;
solo,
con esa pinta brava de compadre
balanceando en los tacos militares
y barajando el chamuyar lunfardo
de cafiolos, de gratas y de rantes.
Y todo ello con delicadeza,
porque su voz nació para cantar
al hombre solo y vertical del Tango.

El, como todo hombre,
devoró lo que amaba.

Fue en la Ciudad recién llegada,
de flor corralonero y de pescante
guarnecida de cintas con un bordado taura
y el último caudillo que revoleaba el poncho
sobre la guitarra de Gabino.
Entonces todo era
la vida de cantar y de arrancar
una pasión de sangre sumergida,
de arrabales, ajenjos y cuchillos;
una furia de machos y de hembras
hacia el sexo fatal de los silencios.
Quién sabe por qué mítica bravura
o por qué extraña ausencia imaginada.

Pinta de Carlos Gardel,
lengue y lunar, pinta brava,
taquero compás de sombras
canyengueando por el alma.

Para que sueñe el otario
y se embalurde este rana,
vienen terciando los fueyes
un tango de puñaladas.

Los barrios abren su claves profundo
y en los bulines de la madrugada
un agua fresca canta su hermandad de los pobres.
Así llega la otaria que yuga por el bajo
y trae una fatiga desde fondos ardientes
y un mal olor de idiotas bebedores de gas.
Un zapato aburrido lanza su ojal al mundo
y es una mueca con sudor de seda,
¡pobre mina que zapa en la función de ratas
para este fioca de pañuelos pardos
que nunca ha de jugarse en un jotraba de hombres
allí donde la vida es una luna rota
o un hilo de silencio
deslizando ganzúas de renuncia y coraje!.

Así era tango y sangre
tu pasión de cantar amaneciendo con los lugares
donde el hombre es apenas
una mueca robada a la grandeza.

Tiempo de Carlos Gardel,
redimida luz de fango,
carpusa de grata viejo
amurado en un estaño.
Me va faltando la vida
para cantarte, muchacho,
eternizado en la trampa
milagrosa de los tangos.



Juan Carlos Lamadrid, ("Hombre sumado", 1958).